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16 septiembre, 2011

Rogelio Buendía, médico y poeta




En la tradición de médicos humanistas de principios del siglo pasado nos encontramos con la figura de Rogelio Buendía, mi tio abuelo.

Como otros miembros de la familia y muchos médicos de su  época, compaginó su trabajo como médico con labores literarias. Es una estela antigua que trata de armonizar ciencia y arte, tecnología y humanismo. El contacto con el sufrimiento, el dolor y la limitación humana, en cualquiera de sus facetas, genera un íntimo desgaste personal. Convertir esa desazón en arte es una forma sabia de sublimación. De alguna u otra forma esto es aplicable a cualquier ser humano. A todo el mundo viene bien transformar sus escorias en oro, en un proceso alquímico antiguo como la propia historia.

La poesía puede llegar a ser una suerte de oro en nuestras vidas, una forma de regalar belleza en una sociedad que no destaca precisamente por esta cualidad.




Bahía azul

Iban los arcabuces de los chopos
tirando alondras por el rio abajo
y las manos del sol acariciaban
la piel del agua con deleite, claros

topos de violetas se escondían
debajo de las sábanas de cardos,
desde allí corroyendo madrigueras,
yendo hasta el corazón por el olfato.

Tu blandías la espada de tus ojos,
el sol, la ardiente flecha de sus manos,
el río las navajas de sus ondas
que en piedras de marfil iba afilando.

Tú triunfadora, yo bajo tus plantas,
pero el laúd de mi palabra ha entado
sin cornetas de luz, agua adelante,
por la bahía azul de tu costado.


Rogelío Buendía, en ABC

15 mayo, 2008

1985, un poema del libro CALOR de Manuel Vilas


1985





El 24 de diciembre de 1985 Manuel Vilas estaba de guardia en el Cuartel del Regimiento de Infantería de Barbastro, en donde cumplía el servicio militar. La guardia nocturna se conocía con el nombre de “refuerzo”. Vilas era cabo y por tanto su cometido en los refuerzos consistía en distribuir a los soldados por las garitas y después regresar al cuerpo de guardia. Miguel Fernández Díaz, un soldado de reemplazo, al que Vilas había dejado a las 22 horas en la garita número 4 (la más alejada del cuerpo de guardia) eligió ese momento para pegarse un tiro en la boca. Normalmente, Vilas ya no se acuerda de esto, porque fue hace muchos años. Normalmente, Vilas ya no se acuerda de nada, y tampoco sabe muy bien por qué se olvidan las cosas (imagina que porque las cosas se deshacen en medio de la memoria). Recuerda Vilas que se quedó mirando las salpicaduras en el techo de la garita, iluminadas por la luz de una linterna. Recuerda los expertos comentarios del capitán de guardia sobre la trayectoria de la bala, las conjeturas sobre el boquete que se abrió en la cabeza de Fernández Díaz. Era una bala de Cetme, que convirtió el juvenil orden cerebral de Fernández Díaz en un caos sanguinolento y acabado.
Piensa Vilas en lo que Miguel Fernández Díaz se ha perdido a lo largo de estos últimos 22 años. Piensa Vilas que tal vez vivió esos 22 años en las 22 milésimas de segundo que le costó a la bala desatar el nudo caliente de la carne. Vilas se ve a sí mismo como un radiante turista en el pasado. Al día siguiente, es decir, el día de Navidad, vino el padre de Miguel Fernández. A su madre no consiguieron encontrarla. No había móviles entonces. Nadie sabía dónde estaba. El padre vino porque alguien le pagó el viaje en autobús. Seis horas de autobús. Llevaba una bufanda.
No había móviles entonces, ningún sitio adonde llamar.
Claro que fui el último ser humano que vio vivo a Miguel Fernández Díaz. En alguna instancia celestial tendrá sentido el hasta luego que me dedicó con una dulce sonrisa impropia de aquella noche oscura.
Un honor, sin duda, aquella sonrisa.
Un gran honor.
Pues, naturalmente, tanto Miguel Fernández Díaz como Manuel Vilas Vidal fueron hombres de honor.
Y el honor es la vida.
¿Sabes?, tengo la extraña sensación de que fui yo el que cayó esa noche en medio de las miles de balas del enemigo, en medio de las ráfagas luminosas en el cielo de las playas de Normandía, en medio de la metralla suprema, en medio de los obuses de aquella artillería fantasmal en la noche caliente de nuestra juventud, y sé que no pudiste hacer nada por mí, pese a que te jugaste la vida por mí, y el enemigo cantaba canciones de gloria.
Bah, tío, estás loco, turismo y memoria, turista en tu propia memoria. Pero ese chico, ese chico no tuvo suerte, y ese chico era bueno, y yo tampoco tuve suerte y da igual. Ok, eso es todo, da igual. Debe de ser eso lo que me está matando. Porque es verdad que algo me está matando.

Calor. Manuel Vilas. Visor: Premio Fray Luis de León. Madrid,
 
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